Realidad cultural. GRATIS TOTAL. Fuera, en la calle, os está esperando el frutero. Con euros.

Un músico tocando en la calle. © PACO TOLEDO

«Mucha web, mucho twitter, mucho facebook…. Pero contratos, ni uno». Todas las conversaciones que tengo con gente del negocio cultural acaban siempre en lo mismo. Foteros que se costean ellos mismos las expos para colgarlas en donde -malamente- pillan a cambio absolutamente de nada; músicos que peregrinan por bares solicitando una tocata sin retribución con tal de cantar y de que la audiencia la grabe en el móvil o gente imaginativa y traviesa, que no para de inventar locuras nuevas y frescas, como unos chavales que meten a un grupo en una furgona y, moviéndose por la ciudad, los graban en audio y en video con la auténtica intensidad de un directo sobre ruedas ejecutado a un palmo de narices del cámara para que la pieza desate toneladas de likes o de retuits que solo generan un ruido digital, a lo más, un prestigio virtual que económicamente no produce absolutamente nada. Da lo mismo: la nueva ‘economía de la visibilidad’ está convirtiendo en parias a demasiado creador con pocos años y demasiado talento como para que la creatividad se le muera injusta y prematuramente en las manos por culpa de un entorno industrial por el que lo único que no circula es dinero.

Conozco escritores brillantísimos que están sobreviviendo a duras penas dando talleres ínfimamente pagados, expuestos al juicio permanente de sus alumnos, pues sí. Comprenderán que, por delicadeza, no escriba sus nombres -en plural, porque no es uno, son varios-, pero hablo de gente profundamente herida de (buena) literatura que publica en las editoriales a las que se rinde pleitesía entre las catacumbas de los mejores lectores. Pero eso no les sirve para nada cuando quieren manejarse con desenvoltura en un supermercado. Hablo de técnicos de audio y de video que están haciendo tessers a puñados, todos gratis, by the face, a grupos, pintores… lo que sea. El pacto es que nadie cobra nada por nada porque hace años, cuando el Ladrillo, sí que se cobraban, pero luego, con la Penuria -y la democratización de la tecnología a bajo coste, que es una cosa tan maravillosa como, laboralmente, canalla- empezaron a aparecer decenas de novatos haciéndose un nombre en un mercado menguante a costa de regalar su trabajo: eso hizo, primero, que los que ya cobraban tuvieran que rebajar su salario y, segundo, que muchos cerraran porque nadie puede competir contra el ‘Gratis Total’, es imposible.

La tragedia es que esos novatos que vendieron su talento a precio de saldillo hoy, si es que no han tirado la toalla, están estancados, atrapados en un bucle sin salida y bastante depresivo, pues ellos, tumbando los precios o haciéndolo gratis, contribuyeron bastante a la asfixia del negocio que ahora estrangula su futuro. A su vez, las nuevas oleadas de jóvenes que intentan, como todos, rasgar con su nombre la línea del horizonte están perpetuando este ciclo fatal confiados en que la nueva promesa de la ‘visibilidad digital’ les traerá algo de qué vivir más temprano que tarde. Y hete aquí la mayor trampa del momento cultural actual. Hoy, la mayoría de ellos ya saben que la visibilidad es una quimera, una engañifa de un sistema productivo hundido y caduco para salvar las apariencias a costa de un empeño que no obtiene su recompensa. Ni la obtendrá.

Hablar de pasta en el negocio cultural sigue estando, sorprendentemente, mal visto. Los creadores bajan la vista cada vez que, después de oírles contar su perorata artística, les preguntas: ‘Vale, ¿y por todo esto cuánto cobras?’. Muchos ni siquiera lo dicen, porque no quieren oírlo: la cifra les suena demasiado dolorosamente indignante. Pero la gente de la cultura -la masa media- todavía se ruboriza cuando se habla de pasta, le tiemblan las piernas cuando se dirigen a un concejal o a un empresario y tartamudean como pidiendo disculpas cuando tienen que pronunciar una cifra. Debe ser un reflejo estúpido de cuando los creadores se creían una divinidad o un eco aún más estúpido de una bohemia que ya no tiene nada de poética ni revoluciona absolutamente nada.

He hablado con unos chavales que tienen un negocio cultural sobre ruedas del que no para de hablarse en las redes sociales. Llevarán un año y aún no han visto ni un euro. Los plazos aprietan. Se resquebrajan las ambiciones. El voluntarismo flaquea. Alguna vez han conseguido que les paguen la gasolina, cuando manejan equipos que, por muy de pobres, cuestan miles de euros.

Así no hay manera. Si el dinero no fluye en todas direcciones, nadie saldrá vivo de ésta. Si nadie paga el concierto, el video, la foto, el poema, la cosa, nadie podrá vivir de esto jamás. Hay que mandar la ‘visibilidad’ al reino de las tinieblas porque yo conozco a ningún frutero que intercambie tomates por visibilidad. No os engañéis, compañeros: creer que haciéndolo gratis os generará algún beneficio futuro es una trampa mortal. Creer que generar miles de likes es todo un éxito solo satisface una pueril vanidad digital.

Fuera, en la calle, os está esperando el frutero. Con euros.


Autor: Juan María Rodriguez
www.facebook.com/juanmaria.rodriguezcaparros

Fuente: El Mundo
http://www.elmundo.es/andalucia/2015/10/03/560f8ed6268e3e7c108b456c.html

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